Caminos cruzados:

B. Traven e Ignacio López Tarso

Rafael Aviña

 

 

Corría el año de 1941 y el joven aspirante a periodista, Luis Spota, escuchaba de su entonces jefe, Gregorio Ortega, la historia de un tal B. Traven, misterioso novelista presumiblemente alemán, que se encontraba oculto en algún punto inaccesible al sur del país, donde escribía enigmáticos relatos sobre un México desconocido. Siete años después, Spota iniciaba una búsqueda frenética y descubría la Forma 14 inmigracional fechada el 12 de julio de 1930 a nombre de Berick Traven Torsvan, nacido en Chicago en 1890. Otras pistas le condujeron a Acapulco y ahí se topa con el propio escritor, lo que da pie a un exitoso reportaje para la revista Mañana con el que develaba el misterio Traven.

    Ese mismo año de 1948, Hollywood estrenaba la mejor versión fílmica de una obra de Traven, El tesoro de la Sierra Madre de John Huston, relato de codicia sicópata filmado en nuestro país y protagonizado por un excepcional Humphrey Bogart transformado por la ambición en un asesino y que iniciaba el traslado del escritor a la pantalla, sin embargo, fue Emilio El Indio Fernández, quien en 1954 realizaría la primera adaptación de Traven en nuestro país con: La rebelión de los colgados, cuyos pleitos con el productor José Kohn, le llevarían a renunciar y a dejar la realización en manos de Alfredo B. Crevenna. Por cierto, ese año, en una película serie B de Chano Urueta, La desconocida, debutaba en un pequeño papel encarnando a un inspector de policía, el joven actor de teatro Ignacio López López, quien había cambiado su nombre por el de López Tarso.

       Para 1955 se frustraba otro ambicioso proyecto, la posible coproducción con Francia de otra obra de Traven, El barco de la muerte que dirigiría Julio Bracho y en la que participarían Gérard Philippe y Gary Cooper. En medio de los excesos de Crevenna y las altas aspiraciones de Bracho, éste último, se conformaba con realizar en plan de estampa folclórica, Canasta de cuentos mexicanos en 1955. Taxco, Monte Albán y Morelos –en particular la Hacienda de Cocoyoc-, eran los escenarios turísticos a vender en el extranjero a partir de una historia de arranques machistas con Pedro Armendáriz y María Félix, soberbios, ambos, o de testaruda filosofía popular, por parte de un canastero de Oaxaca en el mejor de los tres relatos, mientras López Tarso lucía en Chilam Balam, cinta con ambiciones de epopeya histórica y en Feliz año amor mío, según una adaptación de una novela de Stefan Zweig.

    Para 1959 emergía la figura del flamante presidente Adolfo López Mateos preocupado por levantar la cultura nacional y en particular el cine. A pesar de la fabulosa cifra de 136 películas realizadas un año antes, el cine no alzaba cabeza, por ello, la productora paraestatal Clasa, anunciaba una nueva política de calidad y el primer intento sería Macario, que adaptaba una historia de Traven, inspirada a su vez, en un cuento de hadas de los hermanos Grimm y que marcaba el feliz encuentro entre Traven, Roberto Gavaldón, el director que más partido sacó de tan misterioso escritor y el actor Ignacio López Tarso, que en muy pocos años había conseguido destacar de manera notable en cintas como: Vainilla, bronce y morir, Nazarín, La cucaracha, La estrella vacía y Ellas también son rebeldes.

      Macario, narraba la historia de un pauperizado leñador indígena en el México virreinal del siglo 18, que intenta cumplir su fantasía: devorar un guajolote él sólo. A Dios y al Diablo les niega un bocado, no así a la Muerte que encarnó de manera brillante el muy joven Enrique Lucero, que convierte momentáneamente a Macario en un curador milagroso, sólo para llevarlo a las Grutas de Cacahuamilpa y ahí, entre virtuosas imágenes de Gabriel Figueroa a luz de vela, su vida se consume y el guajolote permanece intacto. A Gavaldón se le acusó de academicismo y solemnidad, no obstante y con los apuntes indigenistas de rigor, consiguió uno de los mejores relatos fantásticos y telúricos de nuestro cine, con personajes inquietantes, e ingeniosos diálogos de humor negro. A su vez, López Tarso lograba uno de sus papeles más destacados y reconocidos aún a la fecha, al lado de la hermosa Pina Pellicer que encarnaba a su esposa

    Si Macario obtenía decenas de premios, entre ellos el de Mejor Fotografía en Cannes y la previsible nominación al Oscar, Rosa Blanca de 1961, realizada a partir de un cuento de B. Traven,  conseguía un absurdo enlatamiento que duraría once años de censura. Mucho se dijo que afectaba intereses políticos y de sus diálogos que aludían a la CTM, en esta denuncia paternalista, acerca de los manejos criminales de las grandes empresas petroleros, según la historia de un campesino terco y patriótico poco antes de la expropiación petrolera, que encontró en la figura de Ignacio López Tarso, buena parte de lo mejor del relato.

    Rosa Blanca pagó con creces su ingenuidad, sin embargo, quedan ahí sus memorables imágenes reales y triunfalistas de un pueblo volcado en el Zócalo ante el decreto de Lázaro Cárdenas y varios anotaciones inteligentes (la secuencia de la lluvia, por ejemplo) por parte de Gavaldón, quien insistía con Traven en una nueva adaptación a cargo de Emilio Carballido y Julio Alejandro: Días de otoño (1962), que cierra de manera brillante el disparejo traslado de B. Traven a la pantalla: un filme en apariencia menor y despreciado por la crítica de su momento, que reunía de nuevo a la pareja de Macario: la sensible Pina Pellicer y un entusiasta López Tarso que en tanto, había participado en cintas como: Y Dios la llamó tierra, Los hermanos del Hierro, La Bandida, Furia en el Edén y Corazón de niño.

    La bellísima Pina Pellicer es la imagen viva de la soledad y el desamparo. Una joven engañada, que sueña con un buen matrimonio e hijos y acaba fingiendo una boda y un embarazo. Es la mujer de clase media, asolada por una urbe deshumanizada, como alegoría de la frustración que el título original alude. Gavaldón y sus guionistas consiguieron un sutil retrato de una doble personalidad: el emotivo estudio de una esquizofrenia social, redimida por un último acto de nobleza, oculto entre la frivolidad de una sociedad indiferente. Esa misma frustración y soledad, llevaría a Pina Pellicer al suicidio en diciembre de 1964. En tanto,  López Tarso quien encarnaba aquí al dueño de una pastelería, enamorado en silencio de ella, le llevaría tan sólo un año después, alcanzar una más de sus mejores caracterizaciones en aquella joya titulada: El hombre de papel (1963), dirigida por Ismael Rodríguez, a partir de un relato de Luis Spota, el mismo que a fines de los 40 descubriría el misterio Traven, en cuyas adaptaciones fílmicas,  luciría particularmente ese intenso actor, Ignacio López Tarso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Próxima actualización, enero de 2006.